Desde Pinochet no había resucitado esa idea de que hay que refundarlo todo


El exministro revalida la lucha por el centro político y de los pilares, habla de los errores de diagnóstico de su sector y de los del gobierno, al que califica de erróneo. Sobre la irrupción de Paula Narváez dice que puede ser un buen nombre.


'Somos marxistas-leninistas por los cuatro costados'. La frase, que pronunció en 1970 un inflamado Enrique Correa le saca hoy, a los 75 años, una carcajada. La pronunció cuando era Mapu, después de ser DC y seminarista. De eso han pasado más de 50 años y una historia larga que incluyó 'lucha contra la dictadura de comienzo a fin, luego clandestino, exiliado, ilegal, después legal, muchos años con otra identidad, protestas, negociaciones para el plebiscito, reunificación del Partido Socialista', resume cuando se le dice que para algunos gente como él, que se privatizó, es sinónimo de transacción. –¿Hasta dónde llega su costado izquierdo hoy? –Soy familiar, cultural, conceptual y políticamente una persona de izquierda. –¿Social demócrata o socialista democrático, como dicen en su partido? –¡Socialdemócrata! Es lo mismo. Aniceto Rodríguez hablaba de socialismo democrático y no socialdemócrata porque esa expresión fue muy condenada en la izquierda chilena. Con su eterno suéter negro escote en v, pelo muy corto, Correa analiza detrás del Zoom a la oposición y al Gobierno. Pese a que hace muchos años es un poderoso consultor y lobista desde Imaginaccion, oficina que formó en 1996, señala que la política es lejos lo más importante de su vida. Y en el actual escenario, a pesar de lo que digan algunos números, se muestra optimista con lo que pueda pasar con Unidad Constituyente y parece interesarle menos el fenómeno de Jadue , aún menos el de Jiles y siente que puede ir apareciendo 'cierta música de fondo' si el debate se concentra en recuperar la economía y la tranquilidad. –¿La irrupción de Paula Narváez es la resurrección del bacheletismo? –Eso es especular y sobre proyectar el acontecimiento todavía. Siento, sin embargo, que es el recuerdo de la presencia en la memoria, en el ideario, de muchos socialistas, de lo que Michelle Bachelet representa. –Antes donde estaba Michelle Bachelet florecía el desierto. Después del 18-O y de un gobierno que no terminó tan bien, ¿sirve ese apoyo? –De lo que hablamos ahora es de una primaria del PS. Son dos momentos distintos. Uno es la interna en que tiene que rendir tributo a los sentimientos de su gente. Primero buscar un espíritu de izquierda que habita entre nosotros como dice el salmo (se ríe) y después pensar en la sensibilidad del país. –Para ese primer momento, la primaria, Paula Narváez es un buen nombre. –Sí, puede ser un buen nombre y atractivo, no sé qué irá a hacer Álvaro (Elizalde). Está José Miguel Insulza también, que ha manifestado su intención de ser candidato. –¿A Insulza le ha perjudicado el hecho de ser un representante de los 30 años'? –Esa consigna de que no son 30 pesos, son 30 años me sabe a negacionista, porque olvida los 17 años de dictadura, como si todos los males de Chile fueron los últimos 30 años. –¿Siente que las ideas que defendió en los 90 fueron derrotadas por la autoflagelancia? –Lo que hubo detrás de autoflagelantes y autocomplacientes fue una discusión mirando sentimientos encontrados que estaban en la misma gente. Porque convivían esos libretos de optimismo de haber accedido a una vida mejor, y un temor al retorno a la pobreza. En 2011 el movimiento estudiantil tuvo apoyo masivo de la clase media porque levantó la bandera de la gratuidad, pero dio espacio para un error de diagnóstico: imaginar que esa sociedad que reclamaba contra los abusos había girado hacia la izquierda. Muchos dijimos que eso no era así, que de nuevo eran fuerzas contrapuestas, una sociedad más demandante pero políticamente moderada. Montados en ese error de diagnóstico, se miró hacia atrás y se dijo: todo lo que ha ocurrido no estuvo bien hecho porque no obedeció a la sensibilidad de cambio de paradigma. Ese error de diagnóstico fue el comienzo de errores más profundos –¿Entonces la ex Nueva Mayoría se funda en un error de diagnóstico según usted? –No he dicho eso. Por ese error de diagnóstico fuimos dejando el centro político, sin comprender la emergencia de estas nuevas clases medias vulnerables, que no querían un cambio de paradigma gigantesco. Si no, no se explica que los mismos votantes que le dieron el triunfo a Bachelet 2, hayan dado el triunfo a Piñera. Y esa idea de girar a la izquierda llevó también a otra peor, que fue la de la refundación. Desde Pinochet no había resucitado en Chile esa idea de que hay que refundarlo todo. Está bien que pienses que hay muchas cosas que cambiar, pero de ahí a negar tu historia, es un error grave. Porque quedas sin historia. Los cuatro pilares –¿El Frente Amplio fracasó en su intento de jubilarlos a ustedes? –Fracasó es una palabra muy dura, pero el propósito del Frente Amplio de reemplazar a la centro izquierda o lo que puedan haber considerado la izquierda tradicional quedó por lo menos en suspenso. Porque se vieron en una disyuntiva. O la unidad con aquellos que buscó reemplazar, o unirse con una expresión de una izquierda mucho más dura. –Todo indica que ese será el camino –Todo indica que las cosas van en esa dirección. Si es así, probablemente tengamos una izquierda en dos bloques. Me parece problemático, pero positivo porque, pese a todo lo que nos ha pasado, no hay fuerzas extrasistema. –¿Hoy el PC no va hacia allá? –Uno puede discrepar del PC, pero es un partido legal, que tiene derecho a decir lo que dice. Probablemente haya una cantidad enorme de gente de izquierda que discrepe del PC, pero fueron parte de la Nueva Mayoría, tienen una historia, no vienen bajando del monte. –¿Cómo se explica la buena posición del alcalde Jadue en las encuestas? –Jadue es un alcalde que ha llevado iniciativas que le han parecido bien a la gente. De alguna manera es partícipe de este prestigio de los alcaldes. Hoy por hoy, cuando vivimos crisis de confianza tan grandes en las instituciones, los médicos y los alcaldes son los que la llevan. –¿Es partidario de una unidad de la oposición hasta el PC? –Hay que distinguir. Una es la elección de convencionales y ahí la razón indica una lista lo más amplia posible. Otra cosa es una primaria presidencial porque, dado la experiencia, todo indica que habría que establecer un cierto cuadro de conceptos comunes, que tiene que ver con la Constitución, con el proyecto futuro. –¿En qué debería basarse ese proyecto? –La crisis del estallido social se nos hizo una sola crisis con la de la pandemia, y nos ha golpeado duro. ¿Qué lecciones sacamos? Una economía que cayó pero resistió. Un sistema político deteriorado pero que funciona y una sociedad que tiene señales de derrumbe social muy grande. ¿Qué deberíamos pensar? Apoyemos lo que hace fuerte nuestra economía, que son nuestras instituciones económicas: Banco Central autónomo, regla fiscal, sistema financiero sólido y profundo y apertura económica. Fortalezcamos esos cuatro pilares y, a la vez, avancemos con la mayor decisión posible a la formación de un Estado de bienestar que afronte esta tremenda fragilidad como sociedad. –¿La izquierda ha fallado en ese discurso? –Bueno, lo tendrá que ir construyendo. Pero la izquierda no es la que gobierna el país. El Presidente se llama Sebastián Piñera, y es él el que no ha resuelto este punto. –¿Cómo califica la posición del Gobierno? –Este es un gobierno erróneo. Prometió crecimiento rápido apenas Bachelet se fuera, creyendo que cuando la derecha llegaba al gobierno la economía sonreía, y no le sonríe a nadie. Y orden público. Me acuerdo de un panel en el que estuve con Joaquín Lavín y dije ahí que las dos promesas fundamentales de Piñera no estaban cumplidas, ni el crecimiento –¡estábamos en julio de 2019 pues!– ni el orden público. Y que la gente estaba cansada de promesas incumplidas. Entonces esta idea de que el país venía como avión y de pronto vino el estallido social y se echó a perder esto, no es cierto. –¿Era difícil ordenar al país con una oposición que no prestaba mucha ropa? –La oposición es de luces y de sombras. Decir que es puro obstruccionismo sería erróneo. Y también Piñera. Piñera dijo que iba a ser como Aylwin y no he visto nada más distinto. –¿Y una izquierda que tampoco fue muy clara en condenar la violencia? –La violencia tiene dos caras. Una es la complacencia hacia esta, que deteriora a quien la mira así. Las democracias, y las izquierdas especialmente, se construyen sobre la base de establecer fronteras nítidas, insalvables con la violencia. Porque la violencia, sobre todo en democracia, es un fenómeno muy similar a la violación de derechos humanos. No admite discurso explicativo, ni contexto, ni atenuantes. Y la segunda cara es la crisis policial. Buena parte de la violencia tiene que ver con el deterioro de la función policial, que es uno de los problemas más graves y que se ha agudizado durante el Gobierno de Piñera. –¿Cómo se explicó esa complacencia frente a la violencia que describe? –Esta idea de que había que correr hacia la izquierda, abandonando el centro –cosa que le permitió a la derecha ocuparlo– puede ser una carrera sin fin. Pero la violencia no nos invadió por la complacencia sino porque sobrepasó a la policía. El Gobierno no fue capaz de construir con la policía una estrategia que pusiera orden. Porque, ¿qué es gobernar? El orden público en primer lugar. Gobierna el que mantiene el orden público, y el que no lo mantiene pone en riesgo su propio gobierno. –¿Cree que a Piñera le faltó fuerza? –Me ha sorprendido lo reactivo del segundo Gobierno del Presidente Piñera. Es un gobierno sin ruta, sin propósito estratégico, funciona con arreglo al día a día. Un día se busca complacer a unos, otro día, a otros. –¿Cuál debería ser su relato de salida? –Por el momento, tenemos que evitar lo peor porque, como dijo muy bien el presidente del Banco Central, hay muy poco espacio para cometer errores. Va a a haber un momento en que vamos a pasar de las restricciones a la vacuna, y a la inversión que da trabajo. Si el Gobierno lograra amarrar ese momento con menos ansiedad, y fuese directo a ese objetivo, podría ser un final razonable. –¿Ese final razonable puede implicar que el Presidente le entregue la banda a alguien de su coalición? Pese a todo, la derecha tiene candidatos bien aspectados. –Es que no tiene que ver. Sí con lo que dije al comienzo. Esa fuerza que siguen teniendo candidatos de derecha, en medio de tanta protesta, movilización demuestra que tenemos una sociedad socialmente exigente hasta el paroxismo por acceso a bienes públicos de calidad, pero políticamente moderada. Segundo, al generar estas ideas de refundación se dejó huérfano al centro, que han buscado consistentemente ocupar Lavín y por Desbordes. –¿Con éxito? –Con éxito, relativo éxito. A Lavín le ha salido gente al camino, pero siguen predominando. Son una especie de fuerza bifronte que busca capturar al centro. Es allí donde se va a dar la pelea. Y si Unidad Constituyente levanta un candidato único, es ese centro el que va a tener que disputar y no irlo a buscar donde no está, los votos que se fueron hacia la izquierda. –Evelyn Matthei ha dicho que se necesita un pacto social entre la centroizquierda y la derecha que de estabilidad a Chile. –Primero hay que elegir al Gobierno y ver quien estará en la oposición. Pero el tema de mantener la fortaleza económica de Chile y resolver la tranquilidad de nuestra sociedad va a ser común. Si no lo levanta el candidato de la Unidad Constituyente, ¡lo va a levantar Lavín! Esto puede parecer una competencia de contenidos porque va mostrando una cierta música de fondo para el país. –Entonces en esta moderación que ha descrito, ¿cómo explica a Pamela Jiles? –Sin comentarios.



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