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La confianza como campo de batalla

Por Claudia Miralles, gerenta de Comunicación Estratégica Imaginaccion

La Segunda  / Columna de opinión

3 de junio 2026

La corrupción no solo destruye recursos públicos y carcome las instituciones; erosiona algo mucho más difícil de recuperar: la confianza, que es el principal capital de cualquier gobierno La lucha contra la corrupción es también una batalla narrativa.

No basta con afirmar que se combate, hay que demostrarlo.

Cada auditoría, sanción o mejora institucional comunican tanto como una conferencia de prensa.

Sin embargo, la corrupción sigue siendo abordada principalmente como un problema judicial o administrativo.

En la era de la hiperconectividad, también es un fenómeno comunicacional.

Un solo caso de corrupción puede dañar más la legitimidad de una institución que una crisis económica o una derrota legislativa.

Por eso cabe preguntarse si son suficientes los anuncios como el Plan de Inspección Total presentado por el Presidente Kast.

Múltiples casos en municipios, con exalcaldes involucrados, licitaciones irregulares y conflictos de interés aparecen periódicamente en la prensa.

A pesar de regulaciones, controles y reformas, estas prácticas continúan afectando la percepción pública.

La comunicación política enfrenta aquí un dilema complejo.

Cuando un gobierno da a conocer casos de corrupción heredados, corre el riesgo de parecer más interesado en encontrar culpables que en ofrecer soluciones.

Pero si guarda silencio, puede ser acusado de encubrimiento o indiferencia.

El desafío consiste en encontrar un equilibrio entre la denuncia, la transparencia y la capacidad de aplicar controles efectivos para evitar que vuelva a ocurrir.

La ciudadanía ya no solo exige discursos éticos.

Exige evidencia.

Quiere saber quién es responsable, qué sanciones se aplicarán, cuánto dinero se recuperará y, lo más importante, qué cambios impedirán que los abusos vuelvan a repetirse.

Si existe coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, la credibilidad aumenta.

Y cuando las palabras no calzan con los hechos, la desconfianza crece.

La gran pregunta no es solo cuántos casos de corrupción somos capaces de detectar, sino cuánta capacidad tenemos para fortalecer instituciones públicas, evitar hacer los negocios fuera de la cancha y prevenir los abusos.

Cuando una democracia no cuenta con la confianza de sus ciudadanos, pierde el activo más valioso para gobernar: su legitimidad.

Y de paso, le hace un favor a la delincuencia. .

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