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Se busca oposición.

Por Ignacio Imas, gerente asuntos públicos Imaginaccion

Ex-ante / Columna de opinión 

14 de diciembre 2025

Salvo una sorpresa mayor, el actual oficialismo pasará a ser oposición desde marzo de 2026. Boric no es Bachelet y hoy no aparece como una alternativa incuestionable para un eventual retorno. Eso generará incentivos para que cada partido explore estrategias propias.


Salvo una sorpresa mayor, el actual oficialismo pasará a ser oposición desde marzo de 2026. Pero no serán las mismas izquierdas de 2010 o 2017: la configuración política es hoy muy distinta. En 2010 la Democracia Cristiana seguía siendo un partido gravitante; en 2017 el eje ya se había desplazado hacia un PS protagónico y un PC en expansión, mientras en ambas oportunidades Sebastián Piñera intentaba articular una derecha liberal y moderada.


En 2026, si José Antonio Kast llega a La Moneda, el cuadro será otro: socialistas y comunistas concentrarán buena parte de la fuerza parlamentaria de izquierda, se ha consolidado el Frente Amplio, el PDC y PPD no obtuvieron un mal resultado pero han perdido fuerza, mientras que las derechas estarán encabezadas por un liderazgo claramente distinto al de Piñera. La pregunta, entonces, es qué tipo de oposición –u oposiciones– veremos.


Lo que ocurra desde marzo empezará a definirse esta misma noche de domingo 14 de diciembre. Los discursos serán la primera señal. Habrá que observar qué dice el presidente electo sobre la administración Boric y sobre las izquierdas en general: si insistirá en una retórica polarizante o si intentará abrir un ciclo de mayor conciliación.


En un régimen presidencialista como el chileno, el tono y las prioridades del jefe del Poder Ejecutivo son determinantes para el devenir político y económico. Más adelante, la composición del gabinete –especialmente Interior, Hacienda y SEGPRES– terminará de delinear el tipo de relación que se ofrecerá a la futura oposición u oposiciones.


Por su parte, las izquierdas transitan por un momento difícil de leer. El arco que va desde el Partido Comunista hasta la Democracia Cristiana arrastra diferencias programáticas y estratégicas profundas, que históricamente han dificultado su coordinación en la oposición.


En experiencias previas hubo chispazos de unidad, pero nunca un liderazgo capaz de ordenar de manera sostenida ese espacio. Probablemente allí radique hoy uno de sus mayores problemas: mientras no exista al menos una figura consolidada y validada que opere como factor de unidad –en la toma de decisiones y en las vocerías– tenderá a imponerse la fragmentación.


La tarea no es menor. Además de encontrar liderazgos, las izquierdas necesitarán identificar mínimos programáticos comunes que vayan más allá de la contingencia y de la simple oposición al gobierno de turno.


Esto choca con un sistema político diseñado sobre la base de las diferencias: el sistema electoral parlamentario y municipal favorece la búsqueda de nichos y premia a quienes muestran contrastes nítidos frente a sus aliados. Construir convergencias y, al mismo tiempo, cuidar las identidades propias será un ejercicio delicado.


Hasta aquí, este sería el “guion ideal” que cualquier asesor recomendaría: liderazgo, coordinación y agenda compartida. Sin embargo, la política es menos lineal. La ausencia de un factor robusto de unidad abre espacio para la dispersión en el corto plazo.


Gabriel Boric no es Michelle Bachelet y hoy no aparece como una alternativa incuestionable para un eventual retorno al gobierno. Eso generará incentivos para que cada partido explore estrategias propias. Es razonable proyectar a un PC y a un Frente Amplio más inclinados a tensionar la relación con el Ejecutivo, dificultando los diálogos con Kast, frente a una DC y un PPD más disponibles para negociar.


En ese cuadro, el rol del Partido Socialista será especialmente relevante: por tamaño parlamentario y por su ubicación en el mapa político, recaerá sobre él buena parte de la responsabilidad de ordenar ese espacio.


Sin embargo y con todo, muchas de las conductas de la futura oposición –o oposiciones– dependerán del comportamiento del presidente electo, primero en su discurso de triunfo y luego en el ejercicio cotidiano del poder.


La configuración del Congreso obliga a cualquier gobierno a ser dialogante: incluso sumando a todas las derechas, Kast no contaría con mayorías suficientes para viabilizar por sí solo sus proyectos, teniendo un dilema similar al de Boric.


La oposición tendrá siempre la tentación de adoptar una postura recalcitrante, pero también existirá un sector dispuesto a una oposición más responsable si percibe un ánimo genuino de diálogo desde La Moneda. El desenlace, más que predeterminado, será el resultado de esta interacción entre incentivos, liderazgos y gestos políticos en los próximos meses, tanto en el Parlamento como en la calle y en los territorios.

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