La política matinal
Por Ignacio Imas, gerente asuntos públicos Imaginaccion
La Segunda / Columna de opinión
16 de abril 2026
Históricamente, los matinales fueron diseñados como un refugio de la domesticidad. Su función primordial era la compañía, no la deliberación política; el esparcimiento primaba sobre la fiscalización. Sin embargo, tras octubre de 2019, este formato mutó en un simulacro de ágora pública donde se jerarquiza la realidad bajo la lógica del aplauso fácil y el escándalo del minuto. Hoy, estos programas han ocupado el vacío dejado por una política institucional lenta, ensimismada y carente de relato. No es que la televisión haya destruido el debate público, sino que ha colonizado con eficacia el territorio que las instituciones abandonaron. Y lo ha hecho sustituyendo la argumentación por la performance: la complejidad de lo público se somete al imperio de la simplificación y el morbo, transformando la crisis de seguridad o la precariedad económica en una suerte de reality show de la desgracia. La dinámica es inquietantemente similar a la de las redes sociales, pero con un agravante: aquí operan rostros reconocidos, que la ciudadanía percibe cercanos y confiables.
Desde sus tribunas morales, buscan encajar con un 'sentir popular' que ellos mismos ayudan a moldear. En rigor, nos enfrentamos a una nueva cepa de populismo: uno que no proviene de los partidos, sino de los estudios de televisión. La consecuencia de este proceso es la instauración de una 'emocracia' televisiva, donde la legitimidad no se construye mediante el argumento racional o la evidencia técnica, sino a través de la indignación moral. Seducidos por la vitrina permanente y aterrados por la irrelevancia, senadores, diputados, alcaldes e integrantes del Ejecutivo validan estos espacios a cambio de un par de puntos de sintonía. Esta claudicación de la política es peligrosa. Cuando el actor político prefiere el round matinal a la comisión técnica, el proceso deliberativo se desnaturaliza. Se instalan agendas cortoplacistas, basadas en el impacto emocional del momento. La crisis del debate público en Chile tiene en los matinales su síntoma más estridente. Mientras la política real siga siendo autoreferente y lenta, las pantallas seguirán reclamando para sí la autoridad de interpretar —y a menudo distorsionar— el descontento social. Si el debate público sigue siendo un producto de consumo banal, la democracia terminará siendo, también, un objeto desechable.

