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La deuda con Chile

Por Ignacio Imas, gerente asuntos públicos Imaginaccion

La Segunda / Columna de opinión 

25 de febrero 2026

'El populismo no es sólo un acontecimiento de nuestro tiempo; también es resultado de un sistema que penaliza el acuerdo y premia el escándalo'.

Nuestra élite tiene una deuda pendiente que no tiene espacio para más prórrogas: la reforma al sistema político, el mismo que ellos habitan y que todos padecemos. La omisión de este debate no es azarosa; es una decisión deliberada. Mientras el Congreso tramita modificaciones insuficientes que apenas resultan un maquillaje, se posterga el fondo de una crisis que amenaza con devorar el futuro institucional. Para ser justos, la ausencia de propuestas en esta materia durante el último ciclo electoral fue total. De las modificaciones a las normas que regulan el aparataje institucional, depende de la calidad de políticas públicas que tenemos.

Debemos ser francos, y reconocer que las reformas previas han creado incentivos para la polarización y el populismo. El reemplazo del binominal prometía mayor representatividad, pero terminó entregándonos una fragmentación atomizada, una supreproporcionalidad sin contrapesos. Y al modificar las barreras para la creación de nuevos partidos sin establecer umbrales de seriedad ideológica, abrimos la puerta a la 'política de nichos'. Los legisladores apelan a pequeños bolsones electorales que aseguran su permanencia.Como resultado, el Congreso ha dejado de ser el espacio de deliberación para convertirse en un mercado volátil, donde el interés particular prima sobre cualquier proyecto colectivo.

Este diseño ha generado incentivos perversos. Sin sanciones reales al 'díscolo' o al transfuguismo, la identidad de partido se diluye en el narcisismo de las pequeñas diferencias. Si un congresista no se siente cómodo, simplemente cruza la vereda o crea su propia sigla.

A este complejo escenario se suma el voto obligatorio. Sin reformas que castiguen la dispersión, este termina premiando no al más apto, sino al más estridente. El populismo no es sólo un acontecimiento de nuestro tiempo; también es resultado de un sistema que penaliza el acuerdo y premia el escándalo.

¿Por qué, entonces, no se avanza?
La respuesta es tan humana como decepcionante: la supervivencia política. El mayor motor que moviliza a nuestra élite es el instinto de conservación. Darle una altura de miras al tema de las reformas políticas, que involucren más que la sencilla eliminación de cargos, es árido, pero que tiene costos. De fondo se omite que la calidad de las políticas públicas está amarrada a la salud de las instituciones que las generan.

Es imperioso superar el estadio actual. El objetivo de estas líneas no es dar recetas, sino poner una voz de alerta. Necesitamos generar una masa crítica que obligue a los incumbentes a mirar más allá de su escaño, aunque esto se trate de arriesgarse. Si no generamos incentivos para bajar la polarización y fomentar la gobernabilidad, seguiremos habitando un sistema que se consume a sí mismo mientras la molestia y el desapego crecen.

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