¿Es posible una coalición de izquierdas? Parte II
Por Ignacio Imas, gerente asuntos públicos Imaginaccion
Ex - Ante / Columna de opinión
29 de septimbre 2026
Como quedó planteado en la columna anterior, el escenario interno y externo es adverso para las izquierdas. Sus partidos presentan grietas profundas, sus liderazgos no logran una legitimidad transversal y buena parte de la ciudadanía, más que valorar a un Estado fuerte, confía en su propio esfuerzo. No es sencillo, entonces, volver a ser un polo atractivo para las mayorías, ni siquiera reencantar a los sectores que alguna vez se sintieron identificados con este mundo.
Aun así, quienes aspiran a volver a gobernar deben entender que para lograrlo necesitan interpretar a la mitad más uno. En esa tarea no basta con definirse en contra de algo, en este caso con levantar un frente anti-Kast. Los resultados están a la vista, y los ejemplos más cercanos son los dos últimos presidentes: Gabriel Boric y el propio José Antonio Kast. Ambos se construyeron sobre la diferencia con su antecesor y, al poco andar, se fueron replegando hacia su nicho de origen. El problema de un relato que se define como la antítesis de otro es que, cuando ese otro sale de escena, pierde su razón de ser. Ya sabemos, por lo tanto, cuál es el camino que no conviene tomar.
Tampoco se trata de llenar un listado de partidos y dar la tarea por cumplida. Construir un polo de izquierdas toma tiempo. A favor juega que los partidos tienen historia y saben que el trabajo conjunto rinde más que las aventuras individuales. Pero ese trabajo exige tres cualidades cada vez más escasas en el oficio político: cooperación, solidaridad y sentido de realidad. Las dos primeras son la condición mínima para que actores y organizaciones con intereses propios puedan trabajar juntos, y aunque cueste imaginarlas germinando en una actividad tan humana como la política, no son imposibles. Lo verdaderamente pedregoso es la tercera. Los dirigentes tienden a rodearse de quienes alimentan sus egos y ambiciones, y ese entorno los aleja de la posibilidad de construir lazos de largo plazo con otros. Solo con ese piso mínimo, que va de lo individual a lo colectivo, será posible ir más allá. En primer lugar, antes de hablar de un bloque hay que comprobar si existe un marco común sobre el cual trabajar de manera cohesionada.
Ese marco debe partir por lo básico, la adhesión sin ambigüedades a la democracia liberal y representativa, y llegar hasta una definición compartida sobre el rol que deben cumplir el Estado, el sector privado y la sociedad civil. Habrá matices, y es sano que los haya. Lo que no es viable es que convivan en un mismo espacio partidos que no comprenden, o derechamente rechazan, principios que para sus socios son elementales. Es inviable que en un grupo de partidos no se entienda cuál es el régimen político por el cual trabajar. No se puede postular a elecciones populares con garantías, como ocurre en Chile, y aplaudir sistemas autócratas o actores populistas fuera de las fronteras; eso no dialoga de manera virtuosa.
En segundo lugar, un trabajo mancomunado exige reconocer plena legitimidad a los liderazgos de cada partido. Sus directivas fueron electas por sus militantes y tienen, por lo tanto, una legitimidad de origen que debe respetarse. La pregunta que siempre aparecerá es si habrá un primus inter pares. Esa figura solo tiene sentido si es viable. De lo contrario, debe asumirse que cada dirigente representa a su partido con plena legitimidad interna. Y si surge, sea uno de los presidentes de partido o alguien externo, debe ser la única voz del bloque ante otras fuerzas políticas. Pocas cosas debilitan más a una coalición que varios interlocutores diciéndole cosas distintas a las personas, quienes son al final del día el público a quien hablar. Ahora, siempre surgirán nombres propios, esa es la mayor tentación.
Al menos dos están en la agenda: Michelle Bachelet y Gabriel Boric. Me atrevo a decir que ella le lleva una ventaja importante a él para logra convertirse en el pegamento necesario, no obstante su cualidad, la reflexión que se debe realizar es cómo se construye futuro con una imagen del pasado. En tercer lugar, la coordinación debe ser mínima, pero con resultados. La tentación habitual es crear mesas, comités y cónclaves que producen fotos y declaraciones, pero no hechos. La elite política siempre se encuentra tentada a crear burocracias para satisfacer a los diferentes liderazgos internos, pero es el momento de la solidaridad y el sentido de realidad. Lo que propongo es lo contrario: pocas instancias y con reglas claras. La coordinación básica es la única forma de recuperar lo que hoy no tienen: una mínima capacidad para influir en la agenda y, con ello, un lugar en la mesa frente al Ejecutivo. Por último, el bloque necesita una agenda básica de futuro.
Las izquierdas han estado perpetuando la idea que sólo están dedicados a mirar hacia el pasado, de lo construido por sus gobiernos, pero olvidan que muchas de sus políticas públicas alcanzadas, ya necesitan una actualización. Lo vertiginoso de los avances tecnológicos, como la Inteligencia Artificial, los nuevos populismos, no eran parte de las preocupaciones de los 90-2000. A eso se suman temas en los que las izquierdas no pueden seguir llegando tarde, como la seguridad y el crecimiento, sin los cuales cualquier promesa de protección pierde credibilidad. Y esa agenda debe poder explicarse en pocas palabras, porque el electorado actual busca respuestas simples y rápidas. Nada de esto garantiza el éxito. Pero es la diferencia entre un grupo de partidos que se coordina de vez en cuando y una posible coalición con vocación de mayoría. Para eso falta muchísimo, no sabemos si los actores involucrados estarán a la altura de las circunstancias. Lo cierto es que mientras algunos siguen en la política de las identidades, la ciudadanía continúa pensando que su dirigencia política no asume los desafíos cómo corresponden. Tomás Vodanovic critica la postergación del tramo soterrado del tren Santiago–Melipilla: “Nuestros vecinos llevan esperando este tren hace más de 30 años”.

