El negocio del pesimismo
Por Ignacio Imas, gerente asuntos públicos Imaginaccion
La Segunda/ Columna de opinión
2 de septiembre 2026
Chile está sumido en un profundo pesimismo, que no se limita a las frustraciones del presente sino que se proyecta sobre lo que viene.
No es solo un mal momento; es la sensación de una pérdida generalizada de esperanzas.
Nuestra propia élite política ha sido uno de los principales gatillantes de este estado de ánimo, alimentándose sistemáticamente de ese sentimiento para construir sus proyectos.
Los ejemplos son evidentes.
Gabriel Boric y el Frente Amplio cimentaron su camino canalizando la pulsión negativa de una ciudadanía frustrada.
Por su parte, José Antonio Kast y el Partido Republicano construyeron su capital político a partir de una crítica implacable contra el gobierno del propio Boric, erigiéndose como la única alternativa frente a un declive en seguridad y económico.
Ellos dos son la máxima expresión de cómo transmitir pesimismo da resultados políticos generosos, pero esto se encuentra extendido en nuestra clase política.
El problema radica en el día después: cuando se llega al Ejecutivo, quienes antes impugnaban a su antecesor buscan desesperadamente comprensión por parte de una ciudadanía cada vez más molesta.
Pero el pesimismo que les resultó tan rentable no desaparece; al contrario, solo aumenta y rápidamente se vuelve en su contra. ¿Cómo puede ser genuina esa preocupación por el pesimismo, cuando ellos mismos lo instrumentalizaron como vehículo de movilidad política? Es imposible apagar un incendio cuando quienes hoy proponen el agua ayer repartían la gasolina.
Mientras nuestra clase dirigente no asuma su responsabilidad en la gestación de este clima, cualquier 'solución' será un discurso vacío.
El desafío actual no es solo administrar las crisis, sino volver a construir una narrativa que ofrezca certezas en lugar de nutrirse de la destrucción.
Romper este ciclo exige algo más que lamentos.
Requiere liderazgos dispuestos a asumir el costo político de proponer un proyecto que trascienda la próxima contienda electoral, aunque sea remar contra la corriente.
Si la política sigue operando como una simple caja de resonancia, donde la indignación sistemática y el catastrofismo rinden más frutos que los acuerdos institucionales y largo plazo, terminaremos por agotar no solo la paciencia ciudadana, sino la viabilidad misma del sistema. .

