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El lenguaje crea realidad

Por Claudia Miralles, gerenta de Comunicación Estratégica Imaginaccion

La Segunda  / Columna de opinión

10 de septiembre 2026

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Lo advertimos en marzo, cuando el gobierno actual decidió fundar su relato en la lógica del catastrofismo y devalúo la palabra para convertirla en un arma de trincheras. Tarde o temprano, terminó habitando el mismo infierno que describió. Al poco andar, la retórica chocó contra la caja de los supermercados y los surtidores de gasolina. Llegó el «bencinazo» y el shock tarifario, y aquella crisis que antes era un libreto de campaña se instaló, cruda y sin intermediarios, en el bolsillo de los chilenos y las chilenas. Quienes prometieron dinamismo, certezas y alivio económico terminaron imponiendo una pedagogía del sacrificio cotidiano.La consigna del ajuste se comió a la promesa del despegue, y el resultado está a la vista.

Frente a este estancamiento, la política comunicacional de La Moneda se ha transformado en un laberinto. Lejos de conectar con el sentido común, el oficialismo insiste en bombardear a la opinión pública con anuncios inconexos y justificaciones que ya no convencen. El desenlace malo para el gobierno que en la última encuesta de Criteria constata un desplome elocuente, dejando al Presidente y a su gobierno en apenas un 30% de aprobación ciudadana. Gobernar atrincherado en el tercio más leal y de espaldas a las mayorías desgasta la autoridad y destruye la legitimidad que se requiere para conducir, para animar, para recuperar un clima de confianza tan necesario.

Sin embargo, el flanco más inquietante de esta coyuntura no radica únicamente en las debilidades del Ejecutivo, sino en el páramo que tiene al frente. Con una oposición desarticulada, fragmentada y carente de un proyecto alternativo nítido, los frenos institucionales se han desvanecido. Es en ese vacío donde anida el mayor de los peligros. Porque en la puerta del Congreso asoma una reforma de seguridad que, escudándose en la urgencia y en el legítimo clamor ciudadano contra el crimen, concentra tales atribuciones en la figura presidencial que nos deja a un tris del autoritarismo en materia de facultades ejecutivas.

Así estamos hoy: pesimistas, agobiados y atrapados entre la ineficacia de la gestión y la tentación del exceso de poder. Lo dijimos en marzo: gobernar no es librar batallas comunicacionales para convencer al país de que todo está roto, sino ofrecer conducción, templanza y acuerdos.

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