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Por qué no Boric 2030

Por Ignacio Imas, gerente asuntos públicos Imaginaccion

Ex - Antes / Columna de opinión 

2 de junio 2026

En Londres, Boric reconoció de forma explícita una posibilidad que parecía solo un ruido de redes sociales y su propio partido: “Sé que en un futuro mi nombre será uno de los que esté en discusión” como posible carta presidencial. Para proyectarse hacia el futuro, las izquierdas deben dejar de mirar por el espejo retrovisor al momento de buscar sus candidaturas. De no hacerlo, el sector corre el grave riesgo de convertirse en un mero centro de reciclaje.


Durante una entrevista en Londres, el expresidente Gabriel Boric reconoció de forma explícita una posibilidad que parecía solo un ruido de redes sociales y su propio partido: “Sé que en un futuro mi nombre será uno de los que esté en discusión” como posible carta presidencial.


Aunque matizó sus palabras agregando que tal vez no sea la persona indicada y que las izquierdas necesitan una figura “más convocante”, lo cierto es que sus declaraciones operan, y dejan profundas dudas sobre la ruta hacia el 2030.


Dicho lo anterior, cabe preguntarse: ¿por qué lo expresado causa más tensiones y problemas para el propio sector de Boric en lugar de actuar como un bálsamo ordenador en la discusión? Las palabras de un exmandatario nunca son un vacío; construyen realidades, delimitan el campo de acción de su propio sector.


El escenario base es ineludible: las izquierdas chilenas, al día de hoy, no cuentan con un liderazgo transversal con la tracción suficiente para enfrentar una futura campaña. El síntoma más evidente de esta carencia es que la figura de mayor peso sigue siendo Michelle Bachelet. Resulta sintomático y preocupante observar la dificultad para encontrar actores validados que logren tender puentes desde el Partido Comunista hasta la Democracia Cristiana, especialmente cuando se requiere interlocución frente al Ejecutivo, como ocurre con el caso de la Megareforma.


Es indudable que Gabriel Boric será un nombre a considerar, pues representa a la figura capaz de generar la mayor cohesión identitaria en la actualidad. Sin embargo, la ética de la responsabilidad exige que quien lideró un sector actúe con extrema cautela, incluso evadiendo debates prematuros sobre su propio futuro electoral.


¿Por qué es estrictamente necesaria esta cautela? Porque, tal como el propio Boric esboza, su administración reciente culminó sin una adhesión popular que lo acerque a una mayoría transversal. En el escenario actual, la suerte política del expresidente está inexorablemente anclada al devenir que tome la administración de José Antonio Kast.


Siguiendo una lógica casi dialéctica, el actual mandatario republicano construyó su propio liderazgo erigiéndose como la antítesis absoluta de Boric y del legado de su gestión. Esta dinámica de opuestos genera una trampa: el éxito de la administración del republicano es inversamente proporcional al éxito de la figura del frenteamplista. En este juego de espejos, Boric pasa a depender de los errores ajenos para su revitalización, un modelo de supervivencia política que empobrece el debate y la calidad democrática.


Si el expresidente reconoce la urgencia de buscar alternativas más transversales y convocantes, su posición debería enfocarse en descartar de plano cualquier intento de reinstalarse en una nueva aventura presidencial; es lo que dictamina un liderazgo responsable que busca la proyección de su sector.
Aquí emerge otra contradicción crítica con la propia retórica que cimentó su carrera: una democracia sana exige la constante renovación de sus elites. Esta premisa fue el corazón del relato del Frente Amplio y su promesa de reemplazar a la izquierda tradicional. Que Boric deje abierta una ventana hacia el 2030 rompe drásticamente con esa estética discursiva. Ya atravesamos por dieciséis años de la díada Bachelet-Piñera; la madurez institucional de Chile requiere alejarse de cualquier intento por recrear un ejercicio pendular similar.


Es innegable que Boric continúa siendo un líder carismático dentro de su nicho. Pero creer que ese fervor puede reconvertirse en un proyecto hegemónico y amplio dista mucho de la realidad. Apostar a que él podría alzarse como una figura transversal apelando a la nostalgia del pasado reciente llevaría a cualquier campaña al fracaso absoluto.


Intentar posicionar a una figura apelando únicamente a ser la antípoda del adversario de turno es un recurso que moviliza y resulta eficiente a corto plazo, pero tanto Boric como Kast saben que es una aventura sin viabilidad sostenible en el tiempo; no construye mayorías estables ni cimientos para políticas a largo plazo.


Con todo, Boric es una construcción de su propio tiempo. Fue un líder que, a lo largo de sus cuatro años de mandato, no logró sacudirse del todo de su perfil revolucionario y de un discurso identitario. Tal vez esto se debió a pecados ajenos a él, derivados de la insistencia de parte de su gobierno de continuar con una agenda dogmática, pero nunca debemos desconocer que en el último eslabón de la cadena de decisiones siempre estuvo él, haciendo un complejo equilibrio entre las “dos almas” de su gobierno. Esta tensión permanente desgastó su capacidad de interpelar al electorado de centro.


Para proyectarse hacia el futuro, las izquierdas deben dejar de mirar por el espejo retrovisor al momento de buscar sus candidaturas. De no hacerlo, el sector corre el grave riesgo de convertirse en un mero centro de reciclaje.

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