En el tribunal Penal Internacional de la Haya la noventera modelo Naomi Campbell ha sido puesta en tela de juicio público por aceptar “diamantes de sangre”, algo a lo que ella no le dio importancia llamandola dos o tres piedras sucias.
La película del mismo nombre, del año 2007, protagonizada por Leonardo Di Caprio y Djimon Hunssou puso en todas las carteleras del mundo el problema de los diamantes de sangre, los que son obtenidos mediante el trabajo esclavo o intercambiados por armas, o el producto de sus ventas utilizado para financiar guerras civiles en África.
Antes de la aparición del film no eran muchos los que se preguntaban cuánta sangre llevaban los diamantes de este lucrativo negocio, por lo que pocos conocían que ya en el año 2000 y bajo el auspicio de las Naciones Unidas y con una fuerte presión internacional dada por las revelaciones de las guerras civiles en Africa, y en especial en Sierra Leona, comenzó el llamado Proceso de Kimberley, que buscó investigar los orígenes de los diamantes que provienen del continente negro. El acuerdo integra a países que se comprometen a que los diamantes originarios de sus tierras no financien a grupos rebeldes, o no sean producto del trabajo esclavo y, como prueba de ello se exige que cada diamante traiga su certificado de origen.
A dicha regla se han sometido todas las grandes distribuidoras de diamantes como la sudáfricana De Beers, acusada en el pasado de malos manejos en materia de tráfico de diamantes. Hoy en su página web y en todas sus declaraciones esta empresa comercializadora de piedras insiste en el origen de sus diamantes y en los esfuerzos que ha hecho para combatir los “diamantes de sangre”.
Pero el problema radica en que el 50% del mercado de diamantes es ilegal, y mucho de ello tienen que decir los compradores. Mientras los demandantes, que suelen estar ligados a las élites de sus sociedades, no sean señalados con el dedo por andar con diamantes de sangre no se terminará el problema; por eso es muy importante la señal dada por el tribunal penal a cuestionar a la modelo inglesa.
Este principio ha trascendido a otras materias primas, y en especial en países en guerra o con denuncias por el uso de trabajo esclavo o del trabajo infantil. No es de extrañar que, a medida que avancen los tiempos, los cuestionamientos incluyan otros temas como un correcto tratamiento del medio ambiente, las convenciones de derechos humanos o la normativa de la OIT.
Puede que ahora nos parezca extremo el caso diamantes de sangre, pero hace 20 años a nadie se le habría ocurrido cuestionar diamantes por su origen.
Para un país como Chile, que es productor de materias primas, el tema no debe ser dejado de lado. No nos extrañemos cuando en el futuro las joyas de oro puedan ser cuestionadas porque son producidas en minas donde no se cumplen las normas de seguridad y tienen tasas altas de accidentabilidad. Nadie quiere joyas de sangre.